
El obispo de Misiones, el monseñor Osmar López afirmó que la fe no puede servir de maquillaje para un país marcado por la impunidad y el abandono estatal. Señaló que la justicia está capturada por intereses políticos y económicos. Lo manifestó durante la homilía de la noche de este jueves en el marco del novenario de la Virgen de Caacupé.
El séptimo día del novenario de la Virgen de Caacupé dejó un mensaje incómodo para quienes ejercen el poder en Paraguay.
La homilía del obispo de Misiones expuso, sin atenuantes, la fractura social que viven miles de paraguayos mientras la política partidaria y la corrupción erosionan las bases del Estado.
Desde el inicio, el obispo pidió pasar de una religiosidad ritual a una religiosidad que denuncie y transforme, enfatizando que la devoción sin justicia es una fe incompleta en un país donde la pobreza y la desigualdad siguen creciendo.
“Busquen primero el Reino de Dios y su justicia (Mateo 6:33)”, citó el monseñor como un reproche a la hipocresía institucionalizada.
El mensaje social tomó forma rápidamente y el prelado describió un país donde los derechos básicos siguen siendo un privilegio, no una garantía. Indicó que en Paraguay los ritos se cumplen, pero la injusticia se profundiza.
Además, retomó la voz del profeta Isaías para denunciar una religiosidad hueca que convive con la explotación.
“El ayuno que yo quiero es que sueltes cadenas injustas, liberes a los oprimidos y compartas tu pan”, citó con dureza.
La homilía entró luego en terreno político, criticando la corrupción estructural que permea el Estado y afecta directamente a los sectores más vulnerables, que va desde salarios que no se pagan hasta el uso de medicamentos, alimentos y recursos públicos como botín partidario.
“Cuando se negocia con la necesidad de la gente, cuando se lucra con lo que debería ser un derecho, se destruye la moral del pueblo y se hiere la dignidad de los pobres”, lamentó.
Apuntó también al sistema judicial, al que describió como el poder más condicionado por intereses partidarios y económicos. Recalcó que la ciudadanía percibe, con razón, que la justicia opera con dos velocidades: una para el que no tiene nada y otra para el que tiene poder.
“La balanza se inclina hacia el dinero y el poder; la espada se esconde ‘por falta de pruebas’; y la venda se levanta para ver de quién se trata”, denunció con fuerza.
El obispo recordó que esta distorsión del sistema desanima la inversión, sostiene la impunidad y consolida la idea de que la ley castiga al pobre y protege al poderoso. Y advirtió que, cuando la justicia falla, todo el tejido social se debilita: crecen el desencanto, la violencia y la sensación de abandono del Estado.
Reconoció, sin embargo, la existencia de jueces honestos que luchan contra presiones políticas y estructuras viciadas. “Necesitamos respaldarlos”, pidió, afirmando que la ciudadanía no puede aceptar como normal la corrupción que se ha instalado en la vida pública.
En el plano cristiano, convocó a un compromiso más profundo: transformar la fe en acción política y social, defender la dignidad de los que no tienen voz, y no permitir que la espiritualidad se convierta en cómplice silenciosa de la injusticia.
“No honres a Cristo con seda dentro del templo si afuera lo dejas frío y desnudo en los pobres”, manifestó, citando a San Juan Crisóstomo.
El cierre fue un mensaje directo a toda la sociedad, pero especialmente a quienes gobiernan: “Paraguay no puede seguir postergando reformas profundas cuando la desigualdad golpea a millones y la impunidad se vuelve rutina”.
“La justicia es un bien común fundamental; luchar por ella debe empezar en nosotros mismos, pero también exigirla con fuerza a quienes manejan el poder”, concluyó.
Este jueves, el presidente de la República, Santiago Peña, había acudido a la misa matinal, donde desafortunadamente llegó tarde para la celebración eucarística.




