El monseñor Amancio Benítez cuestionó el abandono del personal sanitario. Foto: Gentileza
El monseñor Amancio Benítez cuestionó el abandono del personal sanitario. Foto: Gentileza
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En el sexto día del novenario de la Virgen de Caacupé, el monseñor Amancio Benítez cuestionó el abandono del personal sanitario, la precariedad del sistema y los males sociales que “enferman al país”.

En una de las homilías más duras de esta edición del novenario, el monseñor Amancio Benítez, obispo de Benjamín Aceval, lanzó un fuerte llamado de atención sobre la crisis sanitaria y social que atraviesa Paraguay.

Durante la misa de las 19:00 de este miércoles, el prelado advirtió que el país “está enfermándose por dentro” mientras médicos, enfermeros y trabajadores de la salud “se quiebran en silencio, agotados, mal pagados y sin condiciones mínimas para sostener un sistema al borde del colapso”.

El mensaje, mayormente pronunciado en guaraní y traducido al español, fue directo: la comunidad de fe celebra el Año del Bien Común 2026, pero el bienestar del pueblo “no puede seguir siendo un discurso vacío”.

“La ley suprema es el bien del pueblo. Si no se cuida el sistema de salud, se abandona al pueblo”, cuestionó con firmeza.

Apoyándose en el evangelio de la multiplicación de los panes, recordó que Jesús alimentó y sanó, y que la Iglesia continúa esa misión mediante los sacramentos. Pero trasladó ese gesto al presente, afirmando que el país necesita la misma urgencia para atender el hambre, la enfermedad y la desigualdad.

“Los que cuidan de la vida del pueblo están cansados, sobrecargados y deprimidos ¿Cómo vamos a hablar de bien común si quienes sostienen la salud pública no reciben lo mínimo?”, lanzó.

El obispo afirmó que la precariedad no solo golpea al personal, sino que desangra a las comunidades: enfermos sin medicamentos, adultos mayores abandonados y familias enteras dependiendo de una infraestructura insuficiente.

Exigió a las autoridades “dejar de mirar para otro lado” y priorizar presupuestos reales, salarios dignos y condiciones humanas para todos los trabajadores del sector. “Si un país descuida la salud, descuida su dignidad”, sentenció.

Benítez amplió la mirada hacia otros males que, según dijo, están “destruyendo el tejido social”: el avance de las drogas, la violencia intrafamiliar, la falta de fraternidad y la contaminación provocada por actividades irresponsables.

“La explotación minera que envenena ríos y comunidades enteras es un pecado contra la vida. No se puede sacrificar a un pueblo por dinero”, denunció con dureza.

El obispo pidió especial atención para los adultos mayores, muchos de ellos sobreviviendo con pensiones mínimas o sin apoyo alguno. “Ellos no son carga: son memoria, son raíz, y merecen gratitud y respeto”, expresó.

En lo pastoral, instó a no permitir que los enfermos mueran solos ni sin dignidad, recordando que la cercanía humana es tan esencial como el cuidado médico.

El mensaje, directo y sin rodeos, resonó en un Santuario colmado: un llamado a sanar no solo cuerpos, sino también estructuras, hábitos y decisiones.

La homilía dejó instalada una pregunta incómoda, pero inevitable: ¿quién cuida al país cuando quienes cuidan al pueblo están cayendo?